La toma, el paro y lo académico

Continuando con una serie de editoriales, columnas y cartas al director de diversos medios que demuestran lo INÚTIL que resultan las tomas para conseguir las demandas por una mejor educación, reproducimos la columna de Danny Gonzalo Monsálvez Araneda del quien es Dr. Historia. Académico e Investigador en la U. de Concepción.


Las tomas y paros surgen en un determinado contexto y motivados básicamente por la no respuesta -en opinión de quienes las impulsan- de la autoridad a determinas demandas. Ante ese escenario, estas se transforman en la expresión más inmediata de fuerza que tienen los estudiantes para presionar. Sin embargo, y más allá del voluntarismo y lirismo rebelde de cuando se es joven, cabe preguntarse si alguna toma o paro estudiantil ha resuelto algún problema estructural. Si la toma de una unidad académica tendrá preocupada a la presidenta o a la ministra de educación. Si una toma daña al gobierno o al Estado.

Al respecto, ¿qué decimos los académicos? Quizá este sea uno de los puntos centrales. ¿Se puede ser indiferente ante la ocupación arbitraria de un edificio? Me parece que no. Una cosa es simpatizar con las demandas, tener empatía y sensibilizar con los problemas que aquejan a los alumnos, pero otra muy distinta es condescender, incluso esbozar una adhesión con las acciones de fuerza que se ejercen.

Como académicos tenemos una responsabilidad que no se reduce solo a formar profesionales, sino también personas críticas y con compromiso social y aquello significa no solo que el alumno exija sus derechos, sino también cumpla con sus deberes, que no se reducen a estudiar y realizar sus tareas, sino también respetar al que piensa distinto y el espacio que es de todos.

Decir que no se está de acuerdo con una toma, no es situarse en contra de los estudiantes movilizados o contra determinadas demandas, por el contrario, es buscar la forma de evitar y superar las acciones de fuerza e intolerancia que significa dicho acto.

Como las tomas y paros parece que se han terminado por naturalizar, los académicos han asumido e internalizado que esto es así todos los años. No faltan aquellos que en una solidaridad mal entendida y para no quedar mal con los estudiantes movilizados, optan por sonreír, incluso aplaudir sus acciones. Mientras que un grupo no menor, prefiere que nadie los moleste y seguir trabajando en sus proyectos. Y tan solo unos pocos, son capaces de expresar públicamente su crítica o desacuerdo con tales medidas.

En consecuencia, el paro, pero especialmente la toma, no sólo refleja la falta de diálogo, el sin respeto al otro y al espacio en común, sino también da cuenta de una cultura autoritaria que actúa de facto, conculca el dialogo y violenta el sentido de comunidad.

fuente: http://diarioconcepcion.cl/?q=node/8613